Mis alumnos y otras reflexiones

He prometido a mis alumnos del 3.1 que escribiría un texto sobre ellos y lo publicaría en mi blog personal… Y aquí estoy, un montón de días después de la promesa, ante la pantalla del ordenador, con el terrible pánico a la página en blanco… ¿Y por qué habré sido yo tan bocazas? Ahora me siento como ellos, tal y como ellos se deben de sentir cuando les mando alguna redacción sobre el tema X. Pero si ellos se espabilan para presentarme algo decente, lo mismo tendré que hacer yo.

Así que vamos a ello.

Pero ¿qué escribir? Son ya 8 cursos los que llevo a las espaldas como profesora de secundaria. Profe de caste. Y 8 cursos dan para muchas anécdotas, muchos momentos, muchas situaciones. Risas, estrés, enfados, carcajadas, confidencias, secretos y confesiones. Pero sobre todo, enseñanzas. No me refiero solo a las “lecciones” que yo les pueda explicar. No sé hasta qué punto mis enseñanzas sobre los sintagmas nominales, las oraciones subordinadas sustantivas, la narración o la literatura del Barroco puede calar en ellos. Pero ellos sí me dan enseñanzas de vida. Me gusta ver el mundo a través de sus ojos. Sentir el tiempo a través de su edad. Palpar la vida a través de sus experiencias. Vivir durante una media de 6 horas al día anclada a los 15 años no está nada mal. Ojalá nunca pierda esa perspectiva, porque supondrá que les pierdo a ellos. Me gusta vivir en consonancia con su adolescencia. Que no me sientan “mayor”, alejada de sus preocupaciones. Siento empatía hacia ellos.

Recuerdo perfectamente mi primera clase, en el grupo 1ºC del IES Pablo R. Picasso de Barcelona. ¡Menudo curso! Pero de allí me fui con un buen rodaje hecho y una mochila repleta de anécdotas que espero no olvidar nunca. ¡Menudos personajillos aquellos! No voy a negar que los inicios no fueron fáciles, pero logré estar en sintonía con ellos. Y aunque seguramente no aprendieran mucha cosa sobre lengua, me dejaron un gran recuerdo. Recuerdo grande como los compañeros que allí me acompañaron. Allí aprendí que por el camino encontraría grandes profesionales al lado de los cuales aprendería muchísimo. Gran gente los del Picasso.

Para variar, me voy por las ramas. Después del Picasso vino mi centro actual, MI instituto. Y es que al Pla de les Moreres me lo siento muy mío. Mi instituto de ESO y Bachillerato, y mi instituto centro de trabajo. Allí me he formado como alumna y profesora. Grandiosos compañeros a los que quiero un montón. De los que aprendo cada día. Algunos fueron en su día mis profes. ¿Quién nos iba a decir que ahora serían mis colegas? Con ellos no solo comparto grupos. Comparto mis días, charlas, confidencias, amistad, desayunos, risas, libros, películas, conciertos, series… Somos una pequeña gran familia.

¿Qué sería el instituto sin esos pequeños grandes diablillos que lo habitan? Nada. A ellos nos debemos. A ellos les dedicamos horas y horas… Bolígrafos rojos a mansalva también.

No sé en qué momento decidí hacerme profesora. Creo recordar que desde bien pequeñita ya jugaba con mi pizarra a hacer de maestra. Supongo que algo habitual en la infancia. Pero según iba creciendo mi deseo por enseñar aumentaba.

Tuve mis momentos de duda, en los que mi “vocación” cambió. ¿Sería pediatra? ¿Sería abogada? ¿Sería criminóloga? Pero cierto profesor de lengua castellana (actual compañero mío, por cierto) sin él saberlo seguramente, me iluminó. Me mostró el camino. Yo quería ser como él. Quería conseguir que algún alumno captara mi atención como él conseguía conmigo. Me mostró su pasión por la lengua y por la literatura sin siquiera decirnos que él las amaba. De él aprendí. Después vinieron unos cuantos más que me allanaron el camino. Unos para bien, y otros para mal. No nos engañemos, ¡hay profesores de todo tipo!

Al fin me decidí por la Filología Hispánica y por el camino me encontré compañeros y profesores excepcionales. Y como os digo, acabé cerrando el ciclo volviendo a mi nido, a mi instituto.

Todos los alumnos dejan una marca en mí. De todos me llevo algún recuerdo, a pesar de que haya alguno del que empiezo a no recordar el nombre. Otros nombres me quedarán grabados a fuego para siempre. La primera generación de alumnos la recuerdo con especial cariño. Seis años de sus vidas aguantando mis clases y mis charlas sobre lengua y sobre vida. Pobrecillos. ¿Pero sabéis con qué me quedo? Que siempre que me ven, me vienen a saludar con una gran sonrisa. Me escriben de tanto en tanto por el Facebook, ya sea en el muro o por privado. Recibo mails de ellos en los que me explican sus peripecias vitales. Y como decía más arriba, no sé si recordarán los tipos de morfemas dependientes derivativos, pero me recuerdan con cariño. Igual que yo a ellos.

Detrás de ellos van ya 2 generaciones más. Con la penúltima pudimos hablar muchísimo sobre música. Sobre heavy. Y hasta los que eran aférrimos seguidores del reggeton y del hardcore, acabaron escuchando con una sonrisa los acordes de Gamma Ray. Respeto. Aprendieron respeto, eso seguro. Miles de confidencias me llevo de ellos.

Y de esta última generación, de mis “terceros”… ¿qué digo? ¡Ay de mí! ¡Ay infelice! ¡Qué manera de empezar! Reincorporarme con el curso empezado ha sido duro para mí. Ellos no lo han puesto nada fácil. Su fama les precedía, y en un principio, hicieron honor a todo lo que había oído. Casi acaban con mi paciencia de santa. Pusieron a prueba mis cuerdas vocales. Frialdad. Es lo que recibí de ellos en las primeras clases. Pero ahora, casi 4 meses después, creo que puedo decir que las cosas han cambiado. Es imposible conseguir en poco más de 3 meses la confianza creada en 2 ó 6 cursos… Pero como se suele decir en catalán, “de mica en mica s’omple la pica”. Ya voy viendo sonrisas. Ya me explican sus preocupaciones. Ya comparten sus alegrías. Ya hemos empezado poco a poco el adiestramiento auditivo verso al heavy. Poc a poc.

Y fue en una clase de confidencias con el 3.1, en la que a parte de hacer clase me pidieron desahogarse, que después de mucho reír y casi llorar. Después de enfadarse y recapacitar, supieron de la existencia de este mi humilde blog. Y quisieron que escribiera sobre ellos.

Ahora que voy acabando me doy cuenta que este texto no es lo que yo pretendía en un principio, ni tampoco lo que ellos esperan. Pero “ojú” que a gustito me he quedado explicando todo esto. Esta ha sido mi autoterapia. Mi autoafirmación. Adoro ser profe. Hoy por hoy, y espero que mis sentimientos no cambien, no me gustaría ejercer de ninguna otra profesión. Quiero seguir con mis adolescentes, codo con codo, palabra tras palabra, redacción tras redacción. Aportación mutua.

No quiero despedir esta entrada sin nombrar algunos de los nombres que han pasado por mi mente mientras este escrito ha brotado de mí. Que conste que el orden de los factores no es determinante. A casi todos los aprecio por igual, ya sabéis que algunos habéis sido de mis preferidos y a otros os he tenido mucha manía 😉 Tampoco son todos los que están ni están todos los que son.

Noelia, Álex, Bea, Dani, Oualid, Kevin, Mónica, Ana, Sara, Joaquín, Amós, Irene, Víctor, Illya, Adrián, María, Nerea, Jenny, Toni, Oriol, Soufian, Núria, Sandra, David, Fiamma, Claudia, Eric, Abel, Lina, Anouk, Raquel, Laura, Míriam, Patricia, Yoscar, Ivet, Laia, Raúl…

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