Y llegaron las rebajas…

Se han acabado las vacaciones de Navidad, los días de consumismo y falsedad. También han acabado los días de suma alegría y nerviosismo para los niños.

Y es que las navidades se viven de manera muy distinta según la edad. Miro hacia atrás, unos cuantos años atrás, y veo a una niña rubita y tímida que deseaba que llegaran las navidades. Recuerdo el árbol de Navidad, las luces de las calles, las comilonas y las cenas, la ternera en salsa de mi yaya María, los clásicos de mi madre: zarzuela y pollo con gambas. La cabalgata de reyes, pajes tirando caramelos, montañas de regalos… Sí, montañas. Regalos y regalos y más regalos. Recibíamos más regalos de los que podíamos recordar y ni siquiera pedir en la carta.

Supongo que el hecho de que mis padres no tuvieran regalos por Navidades ni por cumpleaños ni por santos ni nada, provocó ese exceso en nuestra infancia. Ellos eran felices viéndonos abrir tantos. Nosotras dudo que lo fuéramos más. De todas esas toneladas de juguetes, los que recuerdo con más cariño, mis nenucos, una bici y mi primer ordenador. Del resto, quizá algún vago recuerdo.

¿Y qué provoca eso en mí? Pues que yo no quiera eso para mis hijos. No quiero que mis hijos se pasen la noche de reyes abriendo paquetes envueltos con coloridos papeles sin parar. No quiero salir de mi propio piso para poder almacenar tal cantidad de juguetes, juguetes a los que no prestarán demasiada atención, que quedarán en el olvido. Estrés visual y musical. Lucecitas y cancioncillas monótonas y estresantes. No. No quiero. No creo que sea lo mejor para un niño. No creo que niños tan pequeños puedan llegar a valorar y apreciar la ingente cantidad de regalos que reciben. Estoy totalmente convencida que tantas musiquitas y luces no hacen a niños más inteligentes. No quiero ver tampoco la cara de decepción de abuelos y tíos cuando los niños acaban jugando con las cajas y los papeles en los que iban sus preciados regalos. No.

No me gusta esta sociedad tan consumista y no quiero que mis hijos sean consumidores en potencia. Lo evitaré siempre que sea posible.

Para variar, me voy desviando del tema.

¿Qué recuerdo de mis Navidades adolescentes? Recuerdo aburrimiento y hastío. Yo prefería irme con mi novio antes que aguantar a toda la familia. Ya tenía claro que la Navidad era la época más falsa del año. Cenas, besos y abrazos con gente que no te apetecía ver, que durante el resto del año no tenías ningún interés en visitar (ni ellos a ti, por supuesto). Mis padres dejaron de vivir la ilusión de la navidad a través de nosotras y también se convirtió en época de hastío.

Los años pasaron y mi visión pesimista fue cambiando. Vivir la Navidad con los amigos, es decir, con la familia escogida, es muy diferente. Risas alrededor de una mesa. Seguramente no tan buenos manjares, pero sí muy buena compañía. Los momentos con la familia de sangre se reducen notablemente porque vas con los elegidos, no con los impuestos. Ya no importa el no quedar bien. Qué más da. Así esos momentos sí se hacen muy agradables y esperados.

¿Y las Navidades con hijos? A pesar del caos y desajuste de horarios que suponen los días de fiesta, una nueva chispa de alegría te invade. Vivir tu niñez en los ojos de tus hijos, volver a mirar con una nueva mirada las luces, los árboles… Volver a cantar villancicos casi olvidados, volver a mirar anuncios de juguetes… La vida va cambiando, va dando vueltas. Y lo que hace quince años parecía impensable, hoy es posible. Y bonito. Y lo disfruto.

Pero ahora sí, ya han acabado. Acabamos una etapa de consumismo y falsedad para adentrarnos en otra quizá peor… Rebajas y cuesta de enero. Feliz año.

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