Alicia en el País de Salem’s

Y aquí va mi cuento. La verdad es que hacía años que no escribía un relato de ficción y ha sido bastante forzado. No estoy orgullosa de él, pero aquí está. ¡Espero que no os horrorice!

ALICIA EN EL PAÍS DE SALEM’S

Nada mejor que aislarse de los problemas del instituto leyendo un buen libro encerrada en la habitación. Eso es lo que pensaba Alicia. Creía que los problemas era mejor evadirlos, aislarse del mundo, volverse esquiva con todos. En los últimos tiempos eso lo hacía genial. Así que su habitación se convirtió en su gran búnker de aislamiento. Su única compañía, los libros.

Las compañeras de clase de Alicia no eran tan aficionadas a la lectura como ella, y en todo caso, tampoco coincidían en gustos. Andaban enloquecidas leyendo sagas Crepúsculo y libros por el estilo. Novelas que tenían como protagonistas a vampiros guapísimos, enamoradizos y rompecorazones que asistían al instituto como si no pasara nada, aunque fuera a plena luz del día… No había nada que más odiara Alicia que ese tipo de historias. No a los vampiros. Adoraba a los vampiros, pero los vampiros de toda la vida, como ella solía decir: feos, pestilentes, repugnantes, fotofóbicos, sin rastro en los espejos. Vampiros como Drácula, genuinos.

Precisamente, aquella noche de tormenta, como de costumbre, tras saludar escueta y esquivamente a su madre, subió a su cueva y retomó el libro que los últimos días la tenía tan fascinada: El misterio de Salem’s  Lot.

Alicia devoraba páginas y pensaba en lo fantástico que sería ir a un pueblo así de vacaciones. Un pueblo en el que existían tantas leyendas de vampiros y brujería, ya que la de Stephen King no era la única. Quizá allí no se sentiría tan extraña, habría gente que creería alguna de sus vivencias, que no les serían tan extrañas… En su ciudad, se sentía terriblemente sola. Nadie la entendía, o al menos, eso creía ella. Su vestimenta, su forma de pensar, su manera de vivir, todo era contrario a lo que la sociedad exigía de las personas. Alicia no quería abandonar sus ideales, y por tanto, el choque de contrastes se producía sin parar a cada minuto de su vida. Asistir al instituto se podía convertir en una auténtica tortura. Intentaba hacer oídos sordos a los murmullos que se generaban a su espalda. Intentaba no ver las caricaturas que algunos “compañeros” hacían de ella. Pero todas esas pequeñas gotas iban llenando su vaso, y aquél preciso día, se sentía ya totalmente desbordada.

Seguía con la idea de la vida en el pueblo maldito cuando, al igual que su homónima, cuando cayó en las entrañas de su libro. Esta vez Alicia no buscaba al conejo blanco, prefería encontrarse con el anticuario del lugar y que le contase mil y un secretos del lugar.

Después de la sensación de vértigo, de caída libre, y del gran golpe, Alicia levantó la vista del suelo, se levantó, y vio que aquello ya no era su habitación, ni siquiera su ciudad. Había soñado muchas veces con situaciones así y no podía creer lo que le estaba sucediendo.

No sabía bien hacia donde dirigirse, así que optó por seguir recto por aquella avenida desolada. Estaba anocheciendo, ni un alma por las calles. A su paso las puertas y las ventanas se cerraban, y los ojos curiosos evitaban encontrarse con los de la forastera. Es como si allí todos esperaran su llegada.

El anticuario la estaba esperando en el zaguán de su casa. Hacía horas que aguardaba por ella para explicarle todo. Sabía que ella debía de saberlo. No podía esperar más tiempo…

Alicia escuchaba pacientemente sin hacer preguntas tal y como le había indicado el anticuario, pero miles de interrogantes asaltaban su cabeza sin cesar. Todo concordaba con lo que ella había leído, con lo que había imaginado y con lo que había anhelado. Pero quizá, una dosis tan alta de realidad le causaba un vértigo extraño. Tenía que asimilarlo rápidamente. En unas horas todo empezaría y no era cuestión de dudar. Sabía lo que debía hacer. Todo iba a empezar…

Alicia se dirigió al cementerio de Salem’s, tal y como le habían indicado. Allí estaba todo en silencio. Miles de lápidas le rodeaban y el susurro del viento le hacía estremecer. La luna brillaba y confería a la escena una fría lumniosidad azulada. La niebla empezaba a brotar del suelo y subía por sus fríos pies. Ella aguardaba erguida, con los ojos cerrados y su pelo negro bailaba al son del viento. Sus manos abiertas acariciaban el aire. La niebla avanzó en forma de persona hacia ella, lentamente. Alicia respiraba cada vez más rápido. Los latidos de su corazón se podían apreciar perfectamente a través de la camiseta. Su cuello inhiesto aguardaba. Estaba en trance. No pensaba. Mente en blanco. Aquél ser en forma de niebla estaba a punto de acariciar su cuerpo, de besarle, de apoderarse de su esencia, de su vida. Unos colmillos rompieron la carne de su cuello y la dulce sangre brotó. Esa especie de bestia tomó el cuerpo de Alicia, su sangre, la abrazó, la poseyó, le robó toda su esencia, todo su ser… Y minutos después ya no había nada ni nadie.

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